La casa del párroco

 

El ojo pegado a una gran grieta de la puerta, miraba dentro de la casa. El interior era luminoso, lleno de hierbas salvajes, el cielo reemplazaba el tejado. Vistas desde allí, las nubes tomaban otras formas y colores. Yo estaba segura que allí vivían las hadas. La casa del párroco, en fin, lo que quedaba de ella, me tenía fascinada . Cuatro paredes en ruinas con toda esa vegetación interior saliéndose por las ventanas de postigos y cristales rotos.

La señora Pepeta, que siempre había vivido en el piso contiguo al nuestro, contó cómo en una noche de disturbios habían venido muchos hombres, que al parecer ni eran del barrio, y habían hecho salir al cura y lo habían maltratado mientras echaban todos los muebles por el balcón y le prendían fuego a todo y el señor cura lloraba, pero nadie le había ayudado.

Todos habían mirado escondidos tras sus ventanas, muertos de miedo.