Casarse de blanco

 

La nieve caía sin cesar. Yo ya llevaba un rato vestida, faltaba media hora para la ceremonia pero si no cesaba la nevada no habría manera de salir. Por otro lado aun se tendría que abrir camino para hacer salir los coches. Pensaba que Dios me estaba gastando una mala broma..
Nos teníamos que haber casado hacía seis semanas pero a fines de septiembre él había cogido lo que nosotros pensamos ser unas anginas, pero que de aplazamiento en aplazamiento resultó ser una mononucleosis infecciosa necesitando una hospitalización.
La alerta fue grave ya que una alergia a la penicilina, debida al mal diagnóstico, casi lo mata. Llegué a preguntarme si no tenía una maldición que me perseguía. ¿Por qué todo se torcía cuando las cosas empezaban ir bien?
Luego todo se arregló, la vida parecía que podía seguir su curso y ahora: la nieve.
Súbitamente la cortina de nieve cayó como cortada por una tijera. Y salió el sol. Los hombres se precipitaron fuera con palas y empezaron trazar un camino hasta la carretera. Ellos y el quitanieves llegaron al punto convergente a la vez y la comitiva se puso en marcha.
El quitanieves iba delante echando un surtidor de nieve hacia la cuneta. La carretera de Burg Reuland ya estaba libre y la de la pequeña iglesia de Grüfflingen así como su plaza también.
La ceremonia fue sencilla y emotiva. Como “Boda de Blanco” no pudo serlo más.
Las fotografías salieron mal….y sólo unas pocas se salvaron del desastre.
Después de tantas emociones esperaba que el futuro sería más tranquilo y placentero.
Y así fue