Comportarse como niñas

 

Era especial, ¿cómo explicarlo?. Por lo tanto la señorita Elena exigía de las tres cabecillas reunidas en su presencia, es decir Carmen, Magdalena y una servidora, que justificásemos la razón de tales juegos, tan poco adecuados a nuestro sexo, durante el recreo.
La idea había sido de Carmen: “¿Y si jugáramos a Diego Valor?” Magdalena y yo estábamos de acuerdo, pero se necesitaba más gente. La originalidad de la idea hizo que pronto tuviésemos un grupito que permitiera movimiento. Como nadie quería asumir el papel del malvado Mekong, lo dejamos en off, y el “malo” se llevaba por rotación, así que de vez en cuando me tocaba hacer lugarteniente del hombre verde. Las batallas costaron algunos desgarrones de vestidos difíciles de justificar en casa.
Luego llegaron los indios. Nos aprendimos los nombres de los principales pueblos y allí no hubo problema para encontrar un jefe de tribu. Como la cosa tenía un cariz de defensa del oprimido, no tuve problemas por hacer permanentemente de Gran Jefe. Las luchas cuerpo a cuerpo eran épicas y feroces. Se hacían prisioneros (as) que había que ir a liberar y otras luchas se evitaban porque se terminaba la hora del recreo y había que volver a clase.
Luego vino D’Artagnan y compañía. El patio rebosaba de ramas largas que hacían unas espadas magníficas. La bata atada por las mangas en el cuello flotaba el aire como capa sin flor de lis.
Ahora la señorita Elena estaba de pie allí delante esperando explicaciones. Había recibido una queja del director de la sección de chicos porque, como las ventanas de su pabellón daban al patio, y cuando estábamos jugando nosotras en las clases de los chicos ya no había nadie que trabajara; todos estaban pendientes de nuestras proezas.
¿Qué iba a pensar Doña Pilar Primo de Ribera que tenía previsto para nosotras un bello futuro de “chachas” sin sueldo? Esto la señorita Elena no lo dijo, pero en el fondo era lo que se jugaba. Si llega a aparecer por allí una de esas inspectoras de la Sección Femenina así, sin avisar, seguro que hubiese tenido problemas.
Prometimos….ser más discretas. Y empezamos a jugar detrás de nuestro pabellón, pero tenía el inconveniente de que era estrecho y no daba espacio para grandes maniobras estratégicas. Pero otro inconveniente peor dio al traste con nuestras aventuras: Un dia, huyendo del enemigo, dimos la vuelta a la esquina y encontramos el patio vacío. Hacía algunos minutos que se había acabado el recreo y, en el fuego de la acción, no nos habíamos enterado.
La mirada de nuestra paciente y comprensiva profesora al entrar en clase nos dijo que era hora de volver a la comba y a los cromos.