El habano

 

Al abrir los ojos encontré el cestito con un plátano y algunas galletas “María” puestos al lado de la almohada. Esto quería decir que mi madre había ido a trabajar aquella mañana y que tenía que esperar a que viniera la señora Pepeta, la vecina, a recogerme.

Como he prometido no salir de la cama, salto de la mía a la de mis padres sin poner los pies en el suelo. Desayuno tranquilamente mientras espero.

No viendo llegar a nadie decido explorar los alrededores, siempre sin salir de la cama. La mesilla de noche es una cueva llena de misterios.

Cuidadosamente envuelto en un papel descubro un enorme cigarro puro al que se le ha despegado un borde. Intrigada por la extraña concepción del objeto empiezo a tirar poniendo gran cuidado en que no se rompa. La hoja se desenrosca de su soporte como un vendaje….dejando al descubierto otra hoja que, a su vez se despega ligeramente del correspondiente borde.

Repito la operación, siempre con sumo cuidado a fin de poder dejarlo todo como estaba, sin levantar sospechas. El cigarro disminuye de grosor a medida que mis delicados dedos lo van desnudando. Hasta que una masa de picadillo comienza a desmenuzarse desparramándose sobre las sábanas.

Entonces intento realizar la operación contraria pero el maldito rehusa recobrar su aspecto anterior. Así que en cuanto oigo el ruido de la llave, que me previene de la inminente llegada de la vecina, lo meto todo en el papel, siempre sin romper nada por si aun puedo reparar el desaguisado, y lo devuelvo al cajón.

El habano, que mi padre guardaba celosamente para Navidad, nunca pudo recobrarse del accidente. Pero nadie me regañó. Mi autopsia del cigarro pasó a los anales familiares como una auténtica obra de arte.