Hay que trabajar

 

Fue mi primera confrontación con la cruda realidad. Hasta entonces había creído que podría seguir estudiando. Pero cuando aquel día llegué a casa muy ilusionada con los papeles para la inscripción al bachillerato la respuesta fue: No.
“¡Pero no hay que pagar casi nada!” protesté creyendo que el precio de la matrícula fuera el obstáculo. “¿Y después?” preguntó mi madre. ¿Después? ¡Qué pregunta!, después la Universidad, claro. “¿Y cuándo trabajas?”
Esa era la cuestión: en casa se necesitaba urgentemente un nuevo salario ¡YA! Y no dentro de diez o doce años. A todo lo más pude obtener un par de años suplementarios para hacer, al menos, un curso comercial e ir a una oficina en lugar de entrar como obrera en una fábrica.
Así es como dejé “el Matadero” para ir a una academia y hacer cursos de contabilidad y mecanografía a desgana.
En la academia la novedad era que las clases eran mixtas y la confrontación con el “sexo fuerte” me hizo realizar la realidad de mi estado físico: los adolescentes no son tiernos con los “bodrios”. Los adultos tampoco.
Pero lo peor era el haber tenido que renunciar a mis aspiraciones intelectuales. Esa fue una frustración muy difícil de digerir, más que cualquier otra.