Lucrecia

 

Llegó con su banquillo para ganar centímetros en su pequeña talla. Pero en lugar de subirse a él como había hecho con las otras niñas para peinarlas, a mi me hizo bajar de la cama y sentarme encima. El tono seco con el que me trataba contrastaba grandemente con la melosidad empleada hasta entonces con nosotras, sobre todo con mi madre, cuando nos encontraba por la calle para dirigirnos a la consulta del hospital antes de mi admisión.

El día anterior había ingresado, era el dia de San Jorge y hacía sol. Estaban todas las niñas en la gran galería que corría a lo largo de la sala y a la que daban unos enormes ventanales y dos puertas anchas por las que sacaban las camas – camilla para que tomáramos el sol. Todo parecía suave y agradable. Después de todo solo debía pasar allí algún tiempo, hasta que me curase.

 

 

Menos de veinticuatro horas después mi espíritu comenzaba a turbarse. Nubes negras empezaban a amontonarse en mi horizonte.

“¿Tienes piojos?” pregunto Lucrecia como si no me conociera. ¡Cómo iba yo a tener piojos!. Ahora se que la pregunta era únicamente para agredirme. ¡Diana!.

Empezó a peinarme sin miramientos. Al quejarme soltó una risita feroz: “Aquí tendrás que dejar tus aires de niña mimada”. Me cortó el pelo en línea recta al nivel de las orejas y me recogió la parte superior en un moñito con un torcido y colocó un lazo. Entonces me dio el golpe de gracia: “Bien, ahora ya estás dentro; salir será otra cosa”.