La manta del diablo

 

La luna se filtraba por la cortina mal cerrada y por la ancha rendija podía ver su cara redonda y brillante. La gran sala quedaba medio iluminada por su luz. Todas dormían menos yo.
De pronto vi abrirse la gran puerta del fondo, la de las visitas, y volver a cerrarse. No parecía haber entrado nadie. Intrigada me enderecé un poco en la cama y pude ver un bulto que avanzaba agazapado por el pasillo central. “¡El diablo!” pensé.
Recordé cuando “Maribel la diablo” se despertaba por la noche gritando de terror tras una de estas visitas. El demonio venía, se metía debajo de la cama y golpeaba por debajo para asustar a la “niña mala” de turno. Más de una de mis compañeras había recibido esta visita.
Hoy tenía la seguridad de que me tocaba a mí, había recibido la amenaza durante el día por no se qué enésimo acto de rebeldía por mi parte.

No obstante, me sentí intrigada por la poca lógica de la situación, y un destello de curiosidad invadió mi mente. Por qué diablos tenía el demonio necesidad de abrir la puerta y pegarse la caminata por el pasillo, cuando le bastaba surgir del suelo en una nube de humo y azufre, tal como me habían contado. No conocía el olor del azufre, pero éste, que ya estaba casi debajo de mi cama, hubiera jurado que olía a naftalina, en todo caso así olía la manta con que se cubría para que no le viese. Mi corazón latía tan fuerte que temía que el diablo oyese el ruido infernal que hacía. Pero un proyecto demente se había formado en mi cabeza: Quería ver que aspecto tenía el diablo, quizá nunca más le tendría tan a mano. Ya estaba sin respiración, así que no tuve necesidad de retenerla. En el momento en que la criatura del infierno salía de debajo de mi cama, mi mano se apoderó como un rayo de su manta, una zarpa blanca trató de recuperarla pero como yo la tenía bien agarrada no podía hacerlo sin dar la cara, así que prefirió salir huyendo cobardemente abandonando su cobertura que, efectivamente, olía a naftalina.
Nunca más ha vuelto a molestarme.