El Matadero

 


Al fin había llegado el momento tan esperado, ¡volvía a la escuela! Esta vez en serio y sin interrupción.
Me hubiera gustado continuar en mi antigua escuela, en la Academia Baulies, pero en casa ya no estaba yo sola y las finanzas no habían mejorado. Así que tuve que ir a la escuela municipal, al Grupo Escolar Padre Manjón, mejor conocida como “El Matadero”, por ubicarse en lo que antiguamente había sido eso, un matadero. En el edificio de las clases de 4° a 7° aun podían verse en el pasillo las cubetas de baldosa blanca que habían servido para recoger la sangre de los animales y que nosotras llamábamos “las bañeras”.
Pero para empezar, a pesar de mis 13 años, mis conocimientos solo me permitieron entrar en el tercer curso primario. La maestra, la señorita Concha, una mujer de mediana edad, me acogió con mucho afecto y me dedicó una atención especial.
Yo iba con “hambre” atrasada y dispuesta a empollarme los libros de una sentada. Así que ella me daba siempre explicaciones complementarias a las escuetas lecciones.
Cuando el curso llegaba a su fin me di cuenta de que a aquel ritmo no terminaría nunca mis estudios y pregunté si no habría manera de acelerar.
Mi madre habló con la directora de la escuela, la cual se mostró muy receptiva al problema y dijo que, si yo seguía, las profesoras estaban dispuestas a hacer un ensayo conmigo.
Para empezar, la señorita Concha me propuso seguir por correspondencia, durante las vacaciones, el programa de cuarto curso.
Con el ánimo en plena forma me fui de vacaciones a Francia.