El nuevo piso

 

El piso, y el terrado, de la yaya Balbina ya no están, los han derruido. Las bombas de una guerra, que no parece haber terminado, habían estropeado todas las casas de los alrededores.
Ahora vivimos en otro piso.
Está muy lejos, casi donde se termina la ciudad. Hay campos y fábricas al rededor; delante hay una plazoleta con la iglesia del barrio, el kiosco de periódicos del señor Figueras y la cochera de los tranvías; detrás y debajo una fábrica de textiles. Casi todos los vecinos trabajan en estas fábricas.
Desde la madrugada y hasta tarde por la noche “¡¡triqui trac, triqui trac, triqui trac…..!!” los telares no paran.

Por delante, los tranvías chirrían sobre los railes y los tranviarios dicen palabrotas cuando los troles se sueltan de los cables con gran profusión de chispas y relámpagos. También están los gritos de los pasajeros que se apiñan en racimos saliéndose de las puertas. En el horizonte se recortan las siluetas de las chimeneas como dedos apuntando al cielo y sus penachos de humo, ora blanco, ora negro, ora amarillo…etc. Algunas veces, mama grita de repente: “¡La ropa!” y sale corriendo a recoger la colada tendida. Suele ocurrir que ya es tarde y las sábanas aparecen moteadas como si miles de moscas hubiesen dejado allí su firma.

Por la calle, que también se llama “carretera de Mataró”, pasan los carros de los campesinos con sus caballos y pueden herrarlos en la herrería, unas puertas más lejos de la mía. Casi debajo de mi balcón está el carpintero que repara las ruedas y hace mil maravillas con cuatro tablas, luego delante del bar hay el abrevadero donde los caballos beben fuera y los carreteros dentro del bar.

 


Hay otras tiendas. Al lado del bar está la alpargatería del señor Ventura y luego la tienda de ultramarinos. Mi tienda preferida es el granero donde hay montones de cosas desconocidas. También hay un garaje de coches de alquiler y la gente encarga coches para las bodas. Me gusta ver las bodas desde el balcón de casa pero, cuando me dejan, prefiero estar en la plaza para ver de cerca. Los bautizos aun son mejor porque echan confites y todos nos precipitamos a recogerlos.
Luego el señor Figueras nos ayuda a atravesar la calle a los que vivimos del otro lado.
De vez en cuando pasaban camiones cubiertos y con muchos soldados y hombres cabizbajos en el interior. Un día la señora Pepeta había exclamado: “¡Pobrets!” (pobrecitos). “¿Van al Campo de la Bota?”, preguntó mama y la vecina dijo que sí con la cabeza.