El paraoy

 

La habitación estaba a oscuras. En un recuadro de luz podía ver la silueta del hombre apoyado en la pared. Estaba inmóvil; quizá esperaba el momento oportuno para saltar y cogerme. Era “el Paraoy”, veía muy bien su bastón. En la gran cama mis padres dormían sin darse cuenta del peligro. Trato de esconderme debajo de las sábanas y no puedo evitar un grito ahogado que despierta a mi madre: “¿Qué tienes?”. “¡Es el Paraoy, el Paraoy, me quiere coger!” “¿Qué dices?, no hay nadie, habrás soñado.” “¡No, no: está allí” Mi madre mira en dirección de la pared. “Es el reflejo de una farola. ¿Crees que es el “coco marino”?” “No, es el Paraoy” Mi madre no entiende, pero se levanta y cierra el postigo del balcón. El hombre y el bastón desaparecen.


“Deme un boleto, a ver si hay suerte”, dice mi madre. El hombre le tiende trozo de papel. Yo me escondo detrás de ella. Espero que no se quede mucho rato pero no me atrevo a hablar para que no me oiga el hombre.
Cuando al fin se marcha pregunto: “¿Crees que me ha visto?” “¡Cómo te va a ver si es ciego!”. El hombre se aleja con su bastón gritando: “¡Es para hoy, es para hoy!”