"Quienes entren pierdan toda esperanza"
(23 de Abril 1949 – 16 de Marzo 1953)

 

Per me si va ne la la città dolente
per me si va ne l’eterno dolore
per me si va tra la perduta gente

Giustizia mosse il moi alto Fattore
fecemi la Divina Potestade
la Somma Sapienza e ‘l Primo Amore

Dinanzi a me no fur cose create
se non eterne, e lo eterna duro
Lasciete ogni speranza, voi ch’entrate.

(Dante Alighieri, “La Divina Comedia”)

 

La espalda me dolía cada vez más. No podía pasar mucho tiempo de pie ni irme a jugar con mis amigas.

Ya no iba a morirme, al menos no de la enfermedad que tenía antes de ir a Valdemoro, de eso el médico estaba seguro.

Mi nueva enfermedad se llamaba “mal de Pott” y necesitaba una hospitalización. El problema consistía en encontrar una cama permanente sin pagar.
¡Habíamos recorrido ya tantos lugares!
Alguien recomendó a mis padres ese lugar “para niñas escrofulosas pobres”, así que fuimos a ver al médico de allí.

El lugar era espacioso y limpio. Tenía grandes ventanas y por la puerta de la sala de espera que daba al interior, se podía ver un patio con las paredes cubiertas de azulejos, soleado y florido. Era un lugar realmente agradable y no iba a importarme pasar algún tiempo allí.
Las monjas se mostraron encantadoras y me dijeron cuánto me iba a gustar estar con todas las demás niñas.

En las pocas veces que habíamos ido antes de decidir mi ingreso solíamos encontrar por la calle a Lucrecia, una mujer de pequeña talla, como la tia Eusebia de San Juan Despí. Me hacía bromas y yo me reía mucho con ella. A mama se la había metido en el bolsillo.
Esperamos a que pasara Semana Santa, y el 23 de abril llegué allí con mi maleta. Se suponía que para algunos meses, a lo sumo un año. Yo iba con el corazón ligero.