Recuperar el tiempo perdido

 

Un sentimiento de irrealidad me invadió al poner los pies en el suelo. El médico me había dado permiso para levantarme algunas horas al día, dos para empezar. Me parecieron pocas, pero llegado el momento no hubiera sido posible hacer más.
Me habían tenido que hacer un corsé ortopédico con un collar que mantenía mi barbilla y mi nuca de manera a guardar la cabeza bien derecha. Costaba muy caro y mi padre tuvo que pedir un préstamo al dueño de la empresa donde trabajaba, cosa que obtuvo sin dificultad.

Mi primera gran sorpresa fue que ¡no sabía andar más!. Estaba de pie pero mis piernas rehusaban hacer este simple movimiento que permite desplazarse. Tuve que ayudarme apoyándome en las sillas, la mesa, las paredes…Mis padres estaban tan sorprendidos como yo.
Pero era sin contar con mi deseo de quemar etapas. Cuatro semanas después ya estaba bien en marcha y pudimos empezar a salir a la calle, ir con el tranvía a casa de los abuelos, de paseo al Parque de la Ciudadela, e incluso asistir a la emisión de radio de los señores Dalmau y Viñas, los mismos que nos habían ofrecido el aparato de radio en el hospital.

Pero aun no podía ir a la escuela.
Yo ya hubiera querido empezar enseguida pero aun no era posible seguir de pie más de algunas horas al día y todavía tenía prohibido cansarme.
Entretanto jugaba con mis hermanitos. No entendía el espíritu científico de mi hermana ni su fervor en el estudio de resistencia de materiales de los juguetes, fueran suyos o míos. De la autopsia de un Mickey Mouse de trapo que le causó una enorme decepción al comprobar que estaba lleno de serrín y no de “tripas” como ella esperaba. Que aquello que no estallaba en pedazos al dejarlo caer podía ser machacado con el martillo, si bien el resultado fuera diferente.
Mis preferencias habían ido siempre a los estudios de teoría pura y la lógica de la nueva generación creaban distorsiones en el campo de lo concreto.
Tenía que aprender a no ser hija única. Mi hermana también, ella que durante tres años había sido la única reina del cotarro. Antoñito, él era feliz, mientras no faltara la pitanza, aprendía a andar y se mantenía ajeno a los conflictos de sus hermanas. Para él todo era lo más normal del mundo.