El Vito

 

Antonia apareció con un gramófono como el de la abuela Balbina. Una gran expectación general se apoderó de la sala. También traía un disco. “¿Crees que funciona?” había preguntado Sor Adelina con una excitación desconocida en ella, siempre tan apagadita. Antonia, llamada también “la loca” por sus saltos de humor tan intempestivos como desagradables, estaba encantada con ser el centro de todas las miradas. Le dio a la manivela con energía y, cuando la aguja tocó la negra superficie con un ruido de papel arrugado, de la gran trompeta en forma de flor empezó a salir un ritmo alegre: “¡¡¡Con el vito, vito, vito…!!!”
El espectáculo que siguió fue sorprendente. Sor Adelina extendió los brazos, chasqueó los dedos, y empezó a marcar los pasos. Sor Presentación, que hasta entonces se había mantenido a cierta distancia sonriendo, llegó impetuosamente y se puso a bailar con toda su alma. Las dos revoloteaban como mariposas, Antonia le daba con energía a la manivela: “¡¡…con el vito, vito, vito!!!”

“¡¡¡HERMANAS!!!”. La voz de Sor Crucifixión, la hermana enfermera, resonó por toda la sala. Había subido atraída por el revuelo que estabamos armando y estaba plantada en la puerta de entrada principal con los brazos en jarras: “¡Hermanas, qué vergüenza!. ¡Y delante de las niñas!”.
Las culpables escondieron las manos en las mangas y bajaron la cabeza. Estaban rojas, por el baile y por el sofocón. “Voy a hablar de esto con la Madre Superiora”. Estaba realmente escandalizada y furiosa. Su voz clamaba venganza. Sor Adelina y Sor Presentación se miraban de soslayo con las cabezas gachas.
Poco después sonaron los timbrazos de convocatoria y las dos monjas bajaron al convento.
Aquella noche y al día siguiente otras monjas ocuparon sus puestos. Las pecadoras tuvieron dos días de penitencia en la capilla.
Nunca más volvimos a ver el gramófono. De la nada vino y a la nada se fue.