¿Es la «cultura de la muerte» una característica de nuestro siglo?

a) En el curso del siglo XX se difundieron ideologias que consideraban que la razón se encarnaba en el Estado, en la «raza superior» y en el Partido. El Estado, por ejemplo, «tenia razón» de exigir una sumisión total de los individuos y era «razonable» para los individuos someterse totalmente al Estado, que los trascendía. Presentados como elementos que encarnan la Razón, el Estado, la Raza o el Partido, eran llevados a decir quién podía vivir y quién podía morir: el estado, la Raza o el Partido eran maestros de la vida y de la muerte. Los esbirros del régimen nazi enarbolaban - por ejemplo- una cabeza de muerto sobre sus uniformes; era un procedimiento de su programa. El régimen, del que eran a la vez instrumentos y expresiones, esperaba de ellos que despreciaran su vida poniéndola incondicionalmente a disposición del Estado y que despreciaran de la misma manera la vida ajena.

Las ideologías totalitarias que sacralizan al Estado, a la Raza o al Partido tenían en común el hecho de enseñar a los individuos a liberarse de toda atadura material, intelectual y de toda referencia moral. Estaban más allá del bien y del mal, y el servicio del Estado, de la Raza o del Partido requería del individuo que estuviese dispuesto a vaciarse de sí mismo hasta la muerte. Exponer mi vida a la muerte e infligir la muerte a los otros era así la expresión paroxística de la libertad suprema al servicio de la Causa: la del Estado, la de la Raza o la del Partido.

De estas ideologías y de la ideología neoliberal, de la cual vamos a hablar, Hegel (1770-1831) es a la vez una fuente y un elemento clave de interpretación.1

b) En sus expresiones paroxísticas actuales, la corriente neoliberal sólo puede entenderse cuando está encuadrada en el cortejo fúnebre de las ideologías totalitarias que han desfilado durante el siglo XX. En efecto, para esta nueva corriente ideológica, la afirmación por excelencia de la libertad soberana del individuo se encuentra en el consumo desenfrenado, es decir, en la posibilidad de gastar, lo que significa destruir sin dar cuentas a nadie. Consumir es una manera de liberarse de todo procedimiento material, de toda referencia moral o jurídica. Es una manera de afirmar la soberanía del yo.

Ahora bien, como lo hemos visto, esta afirmación de la soberanía del yo lleva al individuo a querer disponer de la vida ajena. Yo dispongo de la vida del niño, o del minusválido, o del anciano enfermo, o del pobre, si ellas me son inútiles. Por el contrario, producir «niños» si las cajas de la seguridad social pueden vaciarse en el momento que llegue mi jubilación. Admitiré la existencia de los pobres si con bajos salarios me permiten consumir y gastar, es decir, afirmarme como dueño.

c) Llegamos poco a poco al límite posible de esta evolución. Es lo que atestigua el deslizamiento de la desviación agresiva, anteriormente mencionada, a la desviación suicida (personal o colectiva), observada en la sociedad occidental rica. Esta quiere afirmar su libertad suprema de dos maneras complementarias: quemar su pasado, volviendo imposible la transmisión-tradición de su patrimonio por falta de hombres que lo reciban; quemar su porvenir, rehusando poblarlo y sacrificándolo totalmente al presente.

Los individuos característicos de esta sociedad rompen sus solidaridades naturales, sincrónicas (entre individuos o sociedades contemporáneos) y diacrónicas (entre individuos o sociedades unidos por generaciones), por el motivo de que sólo responden de ellos mismos, de su vida o de su propia muerte. Se dan entonces instituciones y «derechos» otorgados con la afirmación de lo que consideran como la expresión soberana de su libertad: dar y hasta darse la muerte.

Georges Bataille, quien en este punto sobrepasa a Sade, resume perfectamente este nihilismo: «La vida era la búsqueda del placer, y este placer era proporcional a la destrucción de la vida. Dicho de otra manera, la vida llegaba al más alto grado de intensidad en una negación de su principio».2

d) Es, pues, por la misma «cultura de la muerte» como se explican no sólo los regímenes lúgubres que nuestro siglo ha conocido, sino también la obstinación en legalizar el aborto y la eutanasia y la trivialización de la esterilización en masa. La expansión del sida encuentra ahí una de sus explicaciones más profundas y evidentes. La raíz común de todas estas manifestaciones de la «cultura de la muerte» es el nihilismo, el cual se fundamenta en la rebelión contra la idea de que somos seres finitos. Los hombres dan la muerte e incluso se dan la muerte, porque creen que el deseo de un más allá, grabado en la punta de su alma, no puede ser colmado. Entonces creen liberarse de ese deseo a través del placer supremo que buscan en la muerte. Ahora bien, la muerte así concebida es en realidad la expresión suprema de la desesperación. Según la nueva ideología liberal, es en fin de cuentas esa desesperación que hay que hacer compartir por los pobres si se quiere dominarlos.

¿Habría en el mundo, y especialmente para los cristianos, tarea más exaltaste y alegre que la que consiste en mostrar por qué hay que preferir la opción de la vida?3

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  1. Para entender la influencia de Hegel sobre esas ideologías, ver Alexandre Kojeve, Introduction à la lecture de Hegel, Paris, Ed. Gallimard, 1968, especialmente pp. 529-575; ver en particular p. 540.
  2. Georges Bataille, L'érotisme, Paris, Ed. de Minuit, 1957, IIa parte, II y III. Citado en Jeanne Parain-Vial, Tendances nouvelles de la philosophie, Paris, Ed. du Centurion, 1978, pp. 128 s.
  3. Cfr. Deuteronomio 30, 15-20.

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