En vez de inscribirse en la "cultura de la muerte", las manipulaciones genéticas ¿no estarían orientadas al servicio de la vida?

a) Varios proyectos o proposiciones de ley son actualmente discutidos en lo que concierne a las manipulaciones genéticas. Una cosa llama la atención en estas discusiones: se hace una vez más una llamada a la táctica de la derogación; se discute sobre las condiciones en las cuales el embrión escapará a la protección que la ley pretende asegurarle.

En lo que concierne a los principios, estas discusiones no difieren de las que han precedido a la legalización del aborto. Atestiguan, sin embargo, y de manera aún más clara, la fascinación que ejerce hoy la cultura de la muerte. El derecho del ser humano a la vida desde sus comienzos más secretos es cada vez más dependiente de una decisión «procedural» o procedimental, esto es, tomada por los hombres de laboratorios dispuestos a considerar como moral toda manipulación posible.

La fascinación de la muerte aparece aquí en todos sus aspectos. Desde su estado embrionario, se considera que el individuo humano no tiene ninguna dignidad en sí mismo, no se impone al respecto. Esta negación del reconocimiento se opera primero en el plano práctico y después en el teoríco, ya que los prácticos facultativos - ayudados por moralistas y juristas - se apresuran a fabricar «legitimaciones» teóricas. Desde sus orígenes más ocultos, la vida del ser humano está en suspenso; el embrión es totalmente disponible. Como lo hizo notar el profesor Jérôme Lejeune, el embrión es tratado como un producto del cuerpo humano; está puesto en el mismo plano que el óvulo o los espermatozoides, cuando en realidad ya es un ser humano nuevamente producido. El porvenir de este ser es hipotético en el sentido fuerte de la palabra: la eventualidad de su porvenir está totalmente subordinada a la calidad que será reconocida o no a dicho embrión o a la utilidad que el mismo presentará.

b) Este doble criterio - calidad-utilidad - es una de las mayores expresiones de la moral del señor, es decir del dueño frente a su esclavo. El dueño estima que porque es capaz de suscitar la vida, está autorizado a dar la muerte. Esta moral de señor, que proviene de fuentes hegelianas, considera que la expresión suprema de la libertad del ser finito que es el hombre consiste en desplegar un dominio lo más total posible sobre la vida y sobre la muerte.

Este dominio «señorial» de la vida se expresa en diversas manifestaciones. En primer lugar, conduce a un canibalismo celular, que es una condición previsible a la reconstrucción, por el manipulador, de un ser que sea la encarnación de un proyecto suyo. Da lugar enseguida a un canibalismo histológico que - en la espera de otros usos -, recurre a los tejidos cerebrales de niños abortados, que se injertarán, por ejemplo, a pacientes que padecen de la enfermedad de Parkinson. Este dominio da aún lugar a un canibalismo «académico» o «científico», en el sentido de que el ser humano será manipulado, triturado, sacrificado en el Altar de la Investigación Científica, puesta bajo la señal de una Libertad Académica totalmente «eximida» de toda referencia moral y sin necesidad de dar cuentas a nadie. En fin, da lugar a un eugenismo tecnificado, en comparación con el cual los eugenismos atestiguados por la historia reciente no son más que balbuceos irrisorios. Las hazañas enloquecedoras de este eugenismo abren a los practicantes del ultranazismo el horizonte de una segregación científica implacable. En efecto, la tipología de la selección y de la discriminación está completamente a la discreción de los manipuladores.

Total, el hombre se arroga el derecho de ser la fuente de las reglas morales; pretende, además, afirmarse como maestro de su propia existencia.

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