¿Podemos prever las consecuencias de estas manipulaciones y de las legislaciones que aspiran a "legitimar" a las mismas?

Al menos dos consecuencias terribles son el precio previsible de estas manipulaciones y de las «justificaciones» que las acompañan.

a) La primera es que la corporación médica en su conjunto está cada vez más sometida a presiones que transforman insidiosamente a los médicos en artesanos de la muerte. Obra de muerte es lo que hacen ya innumerables ginecólogos que practican el aborto y participan en campañas de anticoncepción; es lo que hacen ya los cirujanos que esterilizan; es lo que hacen ya los médicos generales, los anestesistas, los cancerólogos que practican la eutanasia. Obra de muerte, en la que están cada vez más implicados los genetistas manipuladores. En resumen, la cultura de la muerte está haciendo caer a una porción apreciable de la corporación médica en el campo de los enemigos de la vida. Si el mundo médico -y con él las enfermeras y todos los agentes de los servicios de salud- no reacciona y se deja llevar por una espiral hechizadora, toda la corporación estará afectada de sospecha; el capital más precioso de la profesión -la confianza- estará definitivamente arruinado. Esa sospecha, por lo demás, ya es perceptible en la resistencia creciente encontrada por los médicos cuando procuran donadores de órganos para trasplantes. Privados de toda protección moral y legal eficaz, los más débiles de los seres humanos -abarcando todas las categorías- lo serán también de toda ayuda médica fiable. De donde la necesidad y la urgencia de un nuevo juramento hipocrático, desprovisto de toda ambigüedad.

b) La segunda consecuencia es, sin embargo, la más dramática de todas la que uno se puede imaginar. Porque están casi siempre apoyadas por la cultura de la muerte, las manipulaciones genéticas y las leyes que las avalan desembocan no solamente en la destrucción de la vida, sino también en la destrucción del amor y de la familia. Reanudamos aquí una tradición antifamiliar que remonta a Federico Engels. La lógica de estas manipulaciones es, en efecto, muy simple, y su carácter «señorial» va a aparecer una vez más. La motivación profunda de donde emana la voluntad manipuladora puede expresarse en estos términos: «Soy bastante fuerte, bastante potente para no tener necesidad del prójimo a fin de ser yo mismo. No tengo, pues, ninguna razón de descubrirme pobre ante los ojos ajenos y menos aún ante mis propios ojos. ¿Por qué entonces me arriesgaría a la aventura de amar o ser amado? Todo el amor verdadero que yo sentiría ante el prójimo o que se lo expresaría sería la marca insoportable de mi debilidad y de mi pobreza, el signo supremo de mi finitud -que por cierto deseo precisamente rehuzarlo y negarlo. Por lo tanto, ya que me di el poder, dispongo a mi capricho del otro o bien lo moldeo a mi conveniencia según los criterios de calidad que me convienen, en función de la utilidad que yo defino».

De esta manera aparece el encadenamiento con el cual la cultura de la muerte golpea a la sociedad humana.

Ante este desafío sin ningún precedente en la historia, hay sólo una respuesta: acoger alegremente la experiencia cotidiana de nuestra pobreza, pues si esta es acogida, se vuelve el punto de anclaje de nuestra esperanza. Paradójicamente, es con esta condición que podemos amar y abrirnos al amor, acoger y ser acogidos. Es a este precio que, podremos volver a descubrir lo que parece asustar a muchos de nuestros contemporáneos: la ternura.

Total, ¿en vez de adoptar la cultura de la muerte, porqué no arriesgarse con la cultura de la vida?

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