Finalmente, ¿La vida humana podría ser un signo de esperanza para todos los hombres?

Dejamos a Hannah Arendt, una de las más grandes filósofas políticas de nuestro tiempo, el cuidado de responder a esta última pregunta.

El milagro que salva al mundo, el campo de los asuntos humanos, de la ruina normal, «natural», es finalmente el hecho de la natalidad, en el cual se arraiga ontológicamente la facultad de actuar. En otros términos: es el nacimiento de hombres nuevos, el hecho que empiecen de nuevo, la acción de que son capaces por derecho de nacimiento. Sólo la experiencia total de esta capacidad puede otorgar a los asuntos humanos la fe y la esperanza, estas dos características esenciales de la existencia que la antigüedad griega desconoció por completo, descartando la fe jurada en donde veía una virtud rarisima y despreciable, y clasificando la esperanza entre las ilusiones perniciosas de la caja de Pandora. Son esta esperanza y esta fe en el mundo las que encontraron sin duda su expresión la más sucinta, la más gloriosa en la pequeña frase de los Evangelios anunciando su «buena nueva»: «Un niño nos ha nacido».

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  1. Hannah Arendt, Condition de l'homme moderne, 1958, Paris, Ed. Calmann-Lévy, reimpresión 1988, p. 314.

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