¿Nuestro derecho tendería a acoger una concepción del cuerpo considerándolo como una cosa?

Históricamente hablando, nuestro derecho franqueó una etapa decisiva cuando empezó a considerar que la persona humana era una unidad infranqueable, indivisible, y que por consiguiente, el cuerpo humano es «indisponible». Esta indisponibilidad significa que el cuerpo no puede ser objeto de una convención, de una transacción, de una venta, de una instrumentalización.

La conciencia de la indisponibilidad del cuerpo ha alimentado los movimientos que militan por la abolición de la esclavitud. Se considera además a justo título que sería un contrasentido reglamentar la esclavitud.

Es también la conciencia de la indisponibilidad del cuerpo la que se encuentra en los orígenes de la impugnación de la trata de blancas. Es incluso esta conciencia la que desde el siglo XIX se encuentra en la fuente de las reivindicaciones obreras para mejores condiciones de trabajo: el obrero no es una máquina. Es esta misma conciencia de la indisponibilidad del cuerpo la que es particularmente afirmada en ciertos movimientos feministas partiendo de tajo el mito de la mujer-objeto.

Sin embargo, es tal distinción entre el mundo de los hombres y el de las cosas la que algunos vuelven a cuestionar actualmente. Este cuestionamiento es el precio fatal de la concepción estrecha de la libertad, que reduce el cuerpo a un objeto de placer.

Dicho cuestionamiento resulta también de las prácticas de que se enorgullece la razón técnica. En efecto, algunas de estas prácticas tratan, aunque parezca imposible, como objetos, no sólo a los tejidos y órganos del cuerpo, sino a los cuerpos mismos.

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