¿No hay el riesgo de llegar muy pronto a considerar que el cuerpo es una cosa entre otras?

Una concepción despersonalizante del cuerpo conduce forzosamente a una explotación comercial del mismo.

La explotación, directa o indirecta, del placer sexual individual se ha convertido en poderoso estimulante de la actividad económica, científica, tecnológica. Prueba de ello son la anticoncepción y el aborto, protegidos celosamente por grupos de presión especializados e incluso por la mafia. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Población, el perfeccionamiento, antes de la comercialización, de un nuevo producto requiere una inversión del orden de 200 millones de dólares; esto da una idea de los intereses que están en juego.

Ello aclara también las razones por las cuales conviene ampliar al máximo el mercado de la anticoncepción y de la contragestión. Todos los clientes potenciales están lejos de haberse convertido en consumidores efectivos, y el paso de la primera a la segunda categoría se facilitará por la promoción de una moral hedonista, la relajación de las costumbres, la pornografía, la iniciación al libertinaje con el pretexto de una educación sexual. A su vez, esta divulgación va a contribuir a la divulgación precoz de enfermedades sexualmente transmisibles. Ahora bien, si éstas procuran a las compañías farmacéuticas una clientela extensa y sin defensa, crean también dramas terribles para los individuos y las familias. Además, pesan gravemente en el presupuesto de toda la sociedad. De esta manera, la juventud es llevada a la depravación por firmas de un cinismo rayando en la demencia, y tanto la investigación científica como la seguridad social quedan desprovistas frente a la amplitud del problema.

Es, pues, fundamentalmente la misma lógica que, partiendo de una concepción restrictiva de la libertad humana, llega a considerar que se puede disponer del cuerpo de la misma manera como se dispone de una cosa. El cuerpo es objeto de alienación. Se olvida una verdad elemental, a saber, que es muy poco decir que tenemos un cuerpo, sino que se debe decir también que somos un cuerpo. Ciertamente, no toda la antropología está expresada en esta fórmula, pero en ella se afirma algo esencial.

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