La Iglesia católica debería tomar en cuenta la evolución de las costumbres y adaptar a ella su concepción del pecado.

Si la Iglesia perdona los pecados, no por ello los autoriza. Cristo le delegó el poder de perdonar a los pecadores arrepentidos, no de negar la existencia del pecado. Gracias a Dios, pecadores que reconocen su pecado siempre los ha habido y ellos marcan la historia de la Iglesia.

El elemento nuevo que ha hecho aparecer el debate sobre el aborto es que ahora se niega el pecado; se niega la transgresión de la ley de la moral natural, primero, y además de la ley divina: declarando bien lo que está mal, el hombre usurpa el lugar de Dios y se sustituye a El. No sólo se niega a ver y a reconocer el mal que hace, sino que ese mal lo declara bien para él. El perdón que Dios propone al hombre carece entonces de objeto. De este modo, cegándose a sí mismo sobre su propia falta, el hombre se cierra a la salvación que Dios le ofrece. Es tal vez esto el pecado contra el Espíritu.

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