La Iglesia obliga a la gente a recurrir al aborto porque se opone a la anticoncepción.

La corriente neomalthusiana ha inculcado en la opinión pública la idea según la cual la anticoncepción era lo mismo que la procreación responsable o que la limitación de los nacimientos. Esta identificación procede de un escandaloso abuso de lenguaje.

a) La Iglesia considera que la paternidad y la maternidad responsables están inscritas en el designio de Dios. La Iglesia es partidaria de ellas y por eso es que alienta el uso de métodos naturales de regulación de los nacimientos. Pero la Iglesia rechaza el recurso a la anticoncepción artificial. ¿Por qué? Primero, porque -sin considerar aquí los problemas demográficos- esta anticoncepción se practica siempre en perjuicio de un miembro de la pareja: muy a menudo de la mujer (ejemplo: hormonización, dispositivo, esterilización; a veces del hombre, ejemplo: vasectomía). Inclusive se puede constatar a este propósito que, en la Comunidad Europea, las vacas están mejor protegidas contra la hormonización de lo que están las mujeres.

En seguida, la anticoncepción artificial excluye la verdadera libertad del campo de la sexualidad humana. Ahora bien, la sexualidad humana no es puramente instintiva; es responsable y dominable.

b) La voluntad de los esposos para evitar la procreación por medio de la anticoncepción artificial, y con mucho mayor razón por medio de la esterilización, reposa sobre un discurso implícito fácil de reconstruir. Todo ocurre como si el esposo dijera a su esposa, por lo general principal implicada: «Querida, yo te amo, pero no como tú eres, es decir, fecunda. Te amo a condición de que seas infecunda, incluso estéril. Tienes que moldearte a mi antojo para que pueda tomarte cuando yo quiera». Es precisamente contra este tipo de discurso por lo que algunas mujeres empiezan a sublevarse.1

c) Más brevemente, la Iglesia recomienda a las parejas respetar el lazo esencial entre sexualidad y amor. Este lazo implica duración, es decir, compromiso y fidelidad. La procreación se inscribe en el marco de ese proyecto concertado de vida conyugal.

Lo que a muchos les cuesta trabajo entender es que la Iglesia quiere salvar la libertad como dimensión constitutiva de la existencia humana. Esta libertad no podría ser reducida a la ausencia de obligaciones físicas o morales; no es abandono a los empujes egoístas del instinto desenfrenado. Esta libertad es capacidad de consentir en valores (como el bien o la justicia) que la razón puede descubrir; es también capacidad de abrirse al otro, es decir, de amarlo.

Lo menos que podríamos hacer es reconocer que la posición de la Iglesia es coherente y que toma en serio la libertad y la responsabilidad del hombre, tanto como la dimensión corporal del amor humano.

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  1. Cfr. A.-M. de Vilaine, l. Gavarini, M. Le Coadic (éds), Maternité en mouvement. Les femmes, la reproduction et les hommes de science, Montréal, Ed. Saint-Martin, 1986.

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