El sacramento del matrimonio come renuncia al egoísmo, audacia de la procreación, educación de los hijos

 

Una huella del camino de santidad y de conversión

 

"Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto". Al escuchar semejante discurso, los discípulos de Jesús habrán sido los primeros que se sintieron desconcertados. En efecto, Jesús no presenta la perfección como un consejo, sino como un precepto dirigido a todos sin excepción. La perfección no está reservada a una casta privilegiada, a una "elite" predestinada que se distinguiría de la masa de los pecadores. Una vez pasada la sorpresa inicial, los que escuchaban a Jesús habrán estado contentísimos. Todos, ninguno excluido se descubren llamados a la santidad. Todos están llamados a hacer brillar la imagen de Dios-amor que ha impreso su sigilo indeleble en cada hombre y en cada mujer.

 

Por tanto,. estamos invitados a "florecer allí donde hemos sido plantados", en el ejercicio de nuestra profesión, en las alegrías y en las penas, en la propia condición de vida. En efecto, los caminos de la perfección son diversos, y Jesús mismo lo reconoce cuando llama a algunos de sus discípulos a consagrarse totalmente al servicio del Reino, y cuando eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento.

 

Al elevar la institución natural del matrimonio a la dignidad de un sacramento, el Señor traza el camino de conversión, de santidad y de perfección que propone a la inmensa mayoría de los hombres y de las mujeres. En efecto, Dios sabe que no es bueno que el hombre esté solo. Él ha hecho nuestro corazón a imagen del suyo: es decir, capaz de amar, de progresar en el amor, capaz de purificar el amor. El matrimonio aparece de este modo como una realidad dinámica, extendida a toda la duración de la vida de los cónyuges. Para ellos, la vida conyugal es un desafío perpetuo. El esposo se confronta siempre con las limitaciones de su esposa, y ella con las debilidades de su esposo. Los esposos se encuentran por tanto siempre en una situación paradójica. Deben amar mucho para poder perdonar, y deben estar dispuestos a perdonar todo si quieren amar verdaderamente. El matrimonio cristiano representa por tanto un camino en el sentido de que constituye un desarraigo de todo lo que es "viejo" en el corazón del hombre y de la mujer. Representa un desarraigo del replegarse sobre sí mismos y de la búsqueda del placer egoísta que son venenos para el amor. No hay amor sin paciencia, sin abnegación, sin desarraigo diario, sin una vigilante atención a lo que puede herir al otro, o, al contrario, que puede darle alegría y felicidad.

 

Esta tensión, jamás relajada, hacia el más grande amor del cónyuge abre a la audacia de la procreación. Procrear, es decir aceptar cooperar, por poder, en la obra creadora de Dios. El Señor de la vida cuenta sobre la generosidad del hombre y de la mujer, a fin de que su amor resplandezca con una nueva criatura que se inserta en el proyecto de amor de la pareja que ha elegido la vida y se predispone al proyecto común de educación del hijo. La procreación humana comprende en efecto, la formación, en todos los niveles, del nuevo ser humano. En la familia, la educación es brindada por el padre y por la madre, es decir pro la pareja en cuanto tal.

 

A partir del nacimiento el niño es acogido en su diferencia, y, progresivamente, él mismo reconoce y acoge a los demás en su diferencia.

 

Por tanto, la familia no es sólo la célula básica de cada sociedad democrática, sino también, según la hermosa expresión de la antigüedad cristiana, ecclesiola, una pequeña iglesia, la más pequeña comunidad cristiana en la que nacen a la plenitud de la vida los que, mañana, serán testigos del Evangelio y de la Vida.

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