La ley refleja las costumbres; ahora bien, el aborto entró en las costumbres; entonces, debe ser legalizado.

Lo que es especialmente cierto, en estas materias, es que las costumbres siguen a la ley: "Modificándola, afirma Simone Veil, pueden ustedes modificar todo el modelo pattern del comportamiento humano1». Los mejores observadores están de acuerdo en reconocer que en Francia muchas mujeres que se practicaron abortos habrían encontrado otra solución, de no existir la ley que liberaliza el aborto. Un Estado democrático reconoce los derechos de sus miembros a la vida, a la seguridad, a la libertad, a la seguridad de sus bienes. No se arroga la prerrogativa de declarar quién, entre los inocentes, tiene el derecho de vivir o quién puede ser conducido a la muerte. Tampoco se arroga el «derecho» de definir quién tiene el derecho de robar, de violar o de matar. El Estado que actuara de este modo perdería su calidad democrática, ya que integrar las infracciones toleradas en el enunciado de la ley sólo podría favorecer la multiplicación de esas mismas infracciones, en detrimento de las personas y de los bienes. Sin embargo, es tal la fragilidad de la democracia, que ella misma puede darse leyes por medio de las cuales ponga su propia existencia en peligro.

Aventurarse en esta vía puede conducir muy lejos, ya que ahí donde se admite la eliminación de los niños no nacidos, se admitirá pronto -ya se admite- la de los recién nacidos declarados anormales, de los enfermos incurables, de los viejos: «todos a cargo de la sociedad».

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  1. Times, 3 de marzo de 1975.

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