En la democracia, es la mayoría quien decide; el parlamento puede entonces cambiar la ley.

Es inexacto que la democracia se defina esencialmente por la aplicación mecánica y ciega de la regla de la mayoría. En 1931, en Italia, cerca del 99% de los profesores de universidad hicieron juramento de fidelidad a Mussolini, y Hitler fue consagrado por vía parlamentaria.

Es igualmente inexacto pretender que la democracia es una sociedad en la que cualquiera puede hacer lo que quiere, y dónde la libertad puede ir hasta la licencia. Los esclavos en sus celdas tenían una «libertad» sexual total.

Lo que caracteriza a la democracia es anterior al uso de la regla de la mayoría, sobre cuya base funciona un régimen de este tipo. Sin embargo, la democracia no se caracteriza antes que nada por un modo de funcionamiento de las sociedades. En el sentido moderno del término, la democracia se define esencialmente por un consenso fundamental de todo el cuerpo social, que sostiene el derecho de todo hombre a vivir, y a vivir con dignidad. Es, antes que nada, este derecho el que debe ser promovido y protegido. Por consiguiente, es la necesidad de esta protección lo que justifica al legislador para reprimir los actos de los individuos que se arrogan el «derecho» de disponer de la vida, de la libertad o de los bienes de los demás.

Cuando el consenso en relación con este derecho fundamental es roto, se corre el riesgo de regresar a los privilegios, a las injusticias y a las crueldades de los siglos de hierro y se da libre paso a la barbarie. La mayor ilusión de los occidentales es pensar que como ellos maduraron todas las formas contemporáneas de barbarie, están definitivamente vacunados contra su regreso triunfal.

En resumen, no se puede asegurar la protección legal a los que matan y privar de esta protección a los que son inocentes víctimas de éstos mismos.

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