¿No hay una diferencia entre despenalizar el aborto, es decir, hacerlo caer fuera del código penal y liberalizarlo, es decir, hacerlo más libre, más fácil?

Entre la despenalización del aborto y su liberalización, la distinción es muy precaria. Despenalizar significa que el aborto escapa a la sanción penal, lo que no significa forzosamente que sea permitido. Casos análogos, de orden menor ciertamente, son bien conocidos: no se castiga el robo de un pan cometido por un miserable hambriento; sin embargo, no se le considera permitido. Pero en una sociedad democrática, donde, por decir así, todo lo que no es prohibido es permitido, despenalizar el aborto significa declararlo fuera de castigo, lo que equivale en la práctica a autorizarlo, a liberalizarlo, es decir, se hace de él un derecho inherente a las libertades individuales. Despenalizar el aborto significa aceptarlo, reconocerle derecho de ciudadanía; es legalizarlo, es decir, cubrirlo de la autoridad de la ley. Es, pues, privar al niño no nacido de toda la protección legal relacionada con su existencia misma -protección cuya penalización no es más que la consecuencia lógica.

Puede verse que el objetivo deseado es la liberalización: hacer fácil el acceso al aborto. El medio empleado es la despenalización: promulgar una ley que autorice el aborto.

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