¿Para las naciones occidentales, no hay cierta incoherencia al exportar productos abortivos y seguir haciéndose pasar por campeones de la democracia y del desarrollo?

Habría que pedir que las naciones occidentales, tan prontas en erigirse como «modelo» para el mundo entero, expliquen de una buena vez la manera en que logran conciliar la doble misión que se arrogan: por un lado, la de erigirse en heraldos de los derechos del hombre en todas partes y para todos en el mundo y, por otro lado, la de medicalizar a beneficio del establishment, los problemas políticos, económicos y sociales, ofreciendo a este mismo establishment el arma absoluta contra los «indeseables».

Esta ambigüedad hipoteca a los ojos del mundo la credibilidad de las naciones en cuestión. ¿Con qué derecho, por ejemplo, un Estado que sufraga los gastos de una píldora abortiva podría jactarse de ser el parangón de la democracia, incluso el faro, para los países del Tercer Mundo? ¿Cómo un Estado que sufraga los gastos de distribución de este producto (o de otros similares) podría ser tomado en serio cuando pretende «arrepentirse» al recuerdo de sus antiguos errores?

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