¿El hecho de tomarla en contra de la vida de inocentes sería revelador de una perversión del poder?

El poder totalitario tiene esto de particular: no admite ningún límite que proceda de Dios, ni cualquier control que venga de los hombres sobre los que se ejerce. Este poder utiliza todos los medios de que dispone para afianzarse y para extenderse. Ahora bien, el poder debería ser un servicio: está al servicio del bien común y ordenado a la protección de todos los hombres, empezando por los más débiles. Todos los grandes movimientos sociales que se han desarrollado desde el siglo XIX han impugnado los abusos de poder cometidos por los más fuertes contra los más débiles.

El signo más notorio que manifiesta que un poder, de origen legítimo, deriva hacia el totalitarismo, es que ese poder ataca a los inocentes. Cuando esta dinámica es puesta en marcha, el poder se degrada en pura potencia y es desprovisto de toda legitimidad. Tal poder es abusivo; debe ser denunciado y combatido, hace de la resistencia activa un deber.

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