Si la amenaza del totalitarismo fuera real, ¿no sería percibida por todos y no levantaría una protesta general?

La historia contemporánea nos enseña que el totalitarismo se instala tanto por la fuerza como por la astucia. En este ultimo caso, su instalación se hace en el más estricto respeto de la celebre «táctica de salami»: se acaba por obtener del adversario, rebanada tras rebanada, lo que no cedería nunca si se le pidiera en bloque. La «táctica de salami» está, pues, muy próxima de la táctica de la derogación: se roe el respeto debido a un principio, encargando a la ley multiplicar y trivializar los casos en los que el derecho positivo «justifica» que se haga una excepción. Se consiente en derogar.

El mal comienza ahí donde se promulga una ley inicua y se consuma ahí donde tal ley es invocada para asesinar seres sin defensa. Por otro lado, en ese momento el proceso puede recomenzar, y el catálogo de seres asesinables puede alistar a nuevas víctimas.

Ahora bien, si algunos han sido condenados por haber obedecido leyes inicuas, a menudo se olvida que otros han sido condenados por haber intervenido a un nivel más alto, es decir, por haber promulgado esas leyes inicuas y haberlas vuelto ejecutorias.

De ahí que, cuando se ha llegado a pedir al Estado que diga cuáles son los inocentes que se pueden eliminar, que la ley lo autoriza y que un ministro ordena los medios para ocuparse de ello, ya es demasiado tarde para preguntarse si aún se vive en la democracia.

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